Los rivales que inspiró el Chevrolet Corvette

Del Chevrolet Corvette podríamos hablar de muchas cosas. Este deportivo estadounidense por excelencia tuvo un inicio poco prometedor, ya que de las 300 unidades fabricadas en 1953 sólo se vendieron 183. Sin embargo, hay que destacar que fue uno de los pocos automóviles conceptuales presentados durante el Motorama de GM de ese año que logró llegar a la producción en serie.

Y aunque parecía destinado a desaparecer en poco tiempo, la completa transformación que recibió en 1956 demostró que General Motors había entendido mejor las demandas del mercado. Para la siguiente generación, presentada en 1963, el Sting Ray, como ya era conocido, comenzaba a convertirse en una auténtica leyenda.

Si bien el Corvette nació para competir con los deportivos europeos, también provocó una reacción en cadena dentro del mercado estadounidense. Su aparición dio origen a una nueva rivalidad entre fabricantes y, por decirlo de forma coloquial, se ganó varios enemigos comerciales. Tras su lanzamiento, otras marcas comenzaron a desarrollar modelos capaces de competir con él.

El Corvette contribuyó a popularizar el segmento de los deportivos estadounidenses, motivando a otras marcas a lanzar modelos capaces de competir por el mismo público. Junto con él nacieron vehículos que beneficiaron el crecimiento de la industria automotriz en Estados Unidos . Aquí algunos de los modelos más importantes

Ford Thunderbird (1955)

Presentado en 1955, el Ford Thunderbird nació como la respuesta de Ford al creciente interés de los estadounidenses por los deportivos europeos de posguerra y al debut del Chevrolet Corvette dos años antes. Sin embargo, en lugar de desarrollar un deportivo puro, la marca apostó por una fórmula diferente: un automóvil de dos plazas que combinaba el estilo y la deportividad de un roadster con el confort y el equipamiento de un vehículo de lujo. Su elegante diseño, caracterizado por líneas limpias, una amplia parrilla frontal y detalles cromados, le otorgó una personalidad propia dentro del mercado estadounidense.

El Thunderbird estaba equipado con un motor V8 que le proporcionaba un desempeño más que respetable para la época. Además, podía adquirirse con elementos poco habituales en un deportivo de mediados de los años cincuenta, como ventanas eléctricas, dirección asistida y transmisión automática. Esta combinación de potencia, comodidad y exclusividad conquistó al público desde su lanzamiento, permitiéndole superar ampliamente las ventas del Corvette y convertirse en uno de los modelos más emblemáticos de la industria automotriz estadounidense.

Studebaker Golden Hawk (1956)

Lanzado en 1956, el Studebaker Golden Hawk demostró que una marca independiente aún podía competir con los gigantes de Detroit. Mientras General Motors, Ford y Chrysler dominaban el mercado estadounidense, Studebaker respondió con un modelo que combinaba un diseño moderno, desarrollado por el equipo de Raymond Loewy, con un enfoque claramente orientado al desempeño. Sus distintivas aletas traseras y su agresiva parrilla frontal ayudaban a diferenciarlo de otros automóviles de la época, dotándolo de una personalidad única dentro de un segmento cada vez más competitivo.

Su principal atractivo se encontraba en su mecánica. Equipado con un motor Packard V8 de 352 pulgadas cúbicas y 275 caballos de fuerza, el Golden Hawk se convirtió en uno de los automóviles estadounidenses más rápidos de su tiempo. Gracias a su relativamente bajo peso, ofrecía una relación peso-potencia excepcional, capaz de rivalizar con deportivos como el Corvette e incluso con algunos de los modelos de alto desempeño de Chrysler. En los años posteriores mantuvo su carácter deportivo mediante la incorporación de un motor Studebaker sobrealimentado, consolidándose como uno de los precursores de los futuros muscle cars y como uno de los modelos más recordados de la marca.

Chrysler C-300 (1955)

Presentado en 1955, el Chrysler C-300 revolucionó el mercado estadounidense al combinar el lujo de un gran coupé con un nivel de desempeño hasta entonces reservado para vehículos mucho más especializados. Su elegante carrocería de líneas sobrias ocultaba uno de los motores más avanzados de la época: un V8 Hemi equipado con una preparación especial que le permitía desarrollar 300 caballos de fuerza, convirtiéndose en el primer automóvil estadounidense de producción en alcanzar esa cifra.

Su extraordinario rendimiento le permitió dominar las competencias de NASCAR desde su debut y superar ampliamente las prestaciones de muchos deportivos contemporáneos, incluido un Corvette que aún se encontraba en sus primeros años de desarrollo. La combinación de velocidad, tecnología y refinamiento le valió el apodo de “el hot rod del banquero” y sentó las bases de la legendaria serie Chrysler 300, considerada por muchos como una de las precursoras directas del movimiento muscle car que definiría a la industria estadounidense durante la década siguiente.

El Corvette fue uno de los deportivos que ayudó a definir la identidad automovilística de Estados Unidos en una época en la que los deportivos europeos dominaban gran parte del mercado. Más de siete décadas después, este automóvil sigue siendo un referente dentro de su segmento y un símbolo del desempeño estadounidense.

Del radio AM al MP3 a bordo del automóvil

¿Te imaginas no poder ir escuchando tu playlist mientras vas conduciendo? Pues al parecer nuestros antepasados tampoco, porque desde muy temprana edad del nacimiento del automóvil hubo preocupación por introducir este gadget.

Se tienen registros a finales del siglo XIX en Inglaterra de los primeros intentos por colocar un receptor de radio en los automóviles, pero del que hay mayor documentación es el caso de Ford T y George Frost. En 1922 Frost desarrolló un prototipo que instaló en un Ford T; este aparato era parecido a un radio con dos botones con los cuales podías controlarlo.

Años más tarde, la compañía Philadelphia Firma Storage Battery Co. lanzó al mercado un radio que podía instalarse en los autos, pero era extremadamente pesado.

En 1930, los hermanos Galvín comercializan exitosamente la radio Motorola 5T71 que costaba 130 dólares, que como dato extra fue el primer producto en llevar el nombre “Motorola”.

La década de los 50 fue una época de mucha evolución. Aunque en esos momentos dominaba la frecuencia AM, la primera radio con FM de la marca Blaupunkt se instaló en un automóvil.

Pero no solo los avances también llegaban a México. En 1953, la compañía Becker lanzó una radio premium para auto, y cuando digo premium era porque era así, ya que tenía AM/FM y el primer botón de búsqueda de canales automático, lo equipaban los Mercedes-Benz y el modelo se denominaba: MÉXICO, rememorando el triunfo de la marca en La Carrera Panamericana con el SL "Alas de Gaviota".

El asunto no solo quedó en la transmisión de canales de radio, Chrysler dio un paso más allá: ofreció un pequeño tocadiscos en sus coches de alta gama, que reproducía discos de siete pulgadas de su marca, pero al parecer estaba un poco adelantado a su época porque no tuvo éxito en ventas.

Saltamos a la década de los 60 con los reproductores de 8 pistas que Ford introdujo en sus vehículos, pero en los 70 aparecieron los casetes, así que lo natural fue el desarrollo de reproductores de casetes, que en su momento marcas como Pioneer y Philips fueron los primeros.

Las cosas evolucionaron enormemente en los 80. Bose y Delco de GM colaboraron para desarrollar el primer sistema estéreo automotriz diseñado específicamente como un conjunto integral en modelos de Oldsmobile, Buick y Cadillac. En 1985 la instalación de la fábrica del primer reproductor de CD integrado en el tablero de Becker en vehículos Mercedes revolucionó toda una época.

Luego aparecieron los estéreos extraíbles (Pull Out) y coloquialmente conocidos como "Quita-Pon" a inicios de los 90 y más adelante los desmontables, y bueno, la aparición del MP3 significó la posibilidad de tener en una memoria todo tu arsenal de discos.

¿Te acuerdas de esos portadiscos que traías a todos lados en tu coche?

Lee A. Iacocca, el hombre detrás del Ford Mustang

Pocas figuras en la industria automotriz llegan a ser líderes y visionarios natos. El caso de Lee A. Iacocca es extraordinario por donde lo mires. ¿Sabías que fue el responsable del Ford Mustang y de salvar de la ruina a Chrysler? Su historia es una de las más admirables en la historia del automóvil.

Lido Anthony Iacocca, de origen estadounidense y ascendencia italiana, nació un 15 de octubre de 1924. Creció con la influencia de su padre, quien amaba los automóviles y fue uno de los primeros en manejar y tener un Ford Modelo T en su vecindario.

Aunque no tuvo una vida de lujos, pues su familia perdió todo durante la Gran Depresión, Iacocca logró culminar sus estudios universitarios en Ingenieria en la Universidad de Lehigh en tres años y realizó una maestría también en ingeniería en Princeton.

A los 22 años, en 1946, Ford le dio la oportunidad de ingresar a la compañía como aprendiz de ingeniería. Tiempo después, desempeñó un papel importante en el área de marketing y ventas, siendo gerente de zona en Wilkes-Barre, Pensilvania.

En 1956, las ventas de su zona no eran las mejores. ¿Qué hizo Iacocca? Crear la campaña "56 por 56". La estrategia consistía en que el cliente se llevara un Ford 1956 con el 20 % de enganche y posteriormente pagara una mensualidad de 56 dólares. Esta campaña logró que su distrito, que estaba en el último puesto de ventas, subiera al primer lugar. Posteriormente, su idea se implementó a nivel nacional.

Su carrera en Ford empezaba a consolidarse. En 1960, lo nombraron director de Ford Motor Company, donde Iacocca consideraba que vivió la época más feliz de su vida. Como director de división, tuvo grandes proyectos, y el Mustang fue el mayor de sus logros.

A principios de los 60, Ford quería un automóvil distinto, un vehículo deportivo con capacidades dinámicas y, además, que fuera ligero. El proyecto fue liderado por Lee Iacocca, quien, en tan solo 18 meses, junto con su equipo, logró desarrollar el vehículo.

El deportivo, bautizado como Mustang, salió a la luz el 17 de abril de 1964 en la Feria Mundial de Nueva York, y pronto todas las concesionarias estaban abarrotadas de clientes. Un logro que catapultó a Iacocca a la presidencia de Ford Motor Company en 1969.

A pesar de que contribuyó a que la empresa mantuviera su crecimiento económico, sorteando varios obstáculos como la crisis del petróleo, la rivalidad con Henry Ford II y la mala ejecución del proyecto del Ford Pinto propiciaron un lamentable despido en 1978.

Aunque el despido fue sorpresivo, no tardó mucho tiempo en encontrar trabajo. Lee ya tenía un nombre bastante bien posicionado en la industria, y otras marcas automotrices buscaban su talento como estratega.

En ese momento, Chrysler estaba sufriendo una de sus tantas crisis. Estaban a punto de declararse en bancarrota, pues sus pérdidas ascendían a 160 millones de dólares de aquellos años. La compañía estaba en números rojos, Iacocca no dudó en aplicar todo su conocimiento y experiencia para intentar salvarla.

Su plan de trabajo incluyó la toma de decisiones bastante duras, como cerrar varias plantas de producción y vender la fracción europea de Chrysler a Peugeot. Esas tácticas no fueron suficientes, por lo que tuvo que convencer al gobierno federal de Estados Unidos para que les concediera préstamos de varios millones de dólares.

Afortunadamente para Lee y Chrysler, estas medidas, sumadas a las innovaciones en algunos modelos de producción, como la introducción del Dodge Aries, el Plymouth Reliant, la Minivan de Chrysler y la serie K de automóviles de tracción delantera, tuvieron el éxito esperado y la empresa logró salir a flote.

En 1992, tras varios años en Chrysler, donde además se hizo famoso por la frase "Si encuentra un coche mejor, cómprelo", popularizada en los comerciales de la marca, Lee A. Iacocca se jubiló.

Tras su retiro, se convirtió en escritor y filántropo. Finalmente, el 2 de julio de 2019, falleció debido a complicaciones del Parkinson que padecía.

¡Un verdadero Crack!

No es un pájaro, no es un avión, es el Chrysler Turbine

En cuanto a experimentos y novedades tecnológicas de la industria automotriz, el siglo XX fue cuna de muchos inventos e ideas que ahora nos parecerían sacadas de una película de ciencia ficción, y por eso mismo, muchos proyectos se quedaron a la mitad del camino, como el caso del que hablaremos hoy.

La época dorada de 1950 empujaba a la sociedad y a la industria estadounidense a mirar hacia el futuro. La industria automotriz fue el caso más notable, donde se desarrollaban proyectos que principalmente estaban inspirados en la aviación. Era el reinado de las aletas gigantes y las luces en forma de turbinas. En este sentido, Chrysler apostaba no solo por el aspecto estético de los automóviles, sino por un nuevo futuro en el área de la propulsión, y el resultado de sus ideas visionarias fue el Chrysler Turbine.

¿Cuál era el ingenio detrás del Turbine?

El Chrysler Turbine iba a estar diseñado para funcionar con turbinas, sí, ¡así como las de los aviones! obviamente adaptadas a un tamaño y peso apropiados para conducir en carreteras. La idea de propulsar un auto con una turbina ya rondaba en el aire desde la década de los 30, con su programa de turbinas de gasolina durante la Segunda Guerra Mundial, pero tomó forma cuando, en 1953, George Huebner presionó a Chrysler para invertir en el proyecto.

George Huebner con el primer motor Turbine

Bajo el mando de George Huebner, el reto era que fuera funcional y fiable, ya que los componentes del automóvil debían soportar altas temperaturas, tener beneficios en cuanto al consumo de combustible, la turbina tenía que ser ligera y, no hablemos del ruido que generaría… todo esto a un precio accesible de compra.

El primer prototipo se montó sobre un Plymouth Belvedere modelo 54, que a pesar de ser un prototipo, era completamente funcional, y así, Chrysler, en 1954, anunció el “motor del futuro”. Este modelo le permitió a la marca mejorar su motor cinco años después.

Plymouth con el motor Turbine

Funcionaba con gasolina y con ¿Tequila?

Con la segunda generación del motor, los ingenieros pudieron adaptar un regenerador que usaba el principio de reutilización de los gases, lo que posibilitó controlar la temperatura y mejorar el consumo de combustible. Un Plymouth Fury con este motor viajó de Detroit a Nueva Jersey con un consumo de 31 km/gal, lo que le dio un aire de esperanza a Chrysler.

Plymouth 1959 con el motor Turbine

En 1962, después de varios años de desarrollo, Chrysler anunció oficialmente la producción de 50 automóviles. El automóvil fue diseñado por Elwood Engel, construido por la casa carrocería Ghia y Chrysler completó el ensamblaje final en Detroit. Al igual que el exterior, el habitáculo destacó por su color anaranjado metálico, y sin duda lo que más llamaba la atención era el túnel de transmisión, que mantenía la esencia de una cabina de avión. El motor era toda una proeza de la ingeniería, contaba con una turbina de gas regenerativa, carcasa de hierro con compresor de aluminio, impulsor de acero y turbinas de aleación de aluminio que entregaban una potencia de 130 HP.

El automóvil fue presentado en el Salón del Automóvil de Nueva York de 1963 y le fue prestado a 203 automovilistas para que recabaran sus experiencias de manejo. Muchas anécdotas surgieron de esta dinámica que implementó Chrysler y comenzó a acaparar los medios, sobre todo cuando se corrió el rumor de que funcionaba con cualquier cosa que pudiera fluir a través de una tubería y arder con aire, desde gasolina hasta perfume.

Cuando los autos fueron devueltos en 1966, los autos sumaron 1 millon de millas

Pero de entre todas estas historias una fue la que realmente impulso la publicidad del Chrysler Turbine. La historia cuenta que el primer coche de los 50 que se fabricaron, salió de gira a lo largo de todo el mundo y, según los relatos de George Huebner, cuando el auto llegó a México, él recibió una llamada que le dijo que el presidente de México, Adolfo López Mateos, quería hacer funcionar la turbina con tequila. Él pensó que podría funcionar y autorizó el experimento.

Él cuenta: “Fui al departamento de compras a la mañana siguiente y compré dos galones de tequila. Vaciamos el tanque del coche de ingeniería y vertimos los dos galones. El coche corrió por todo Highland Park sin problemas… más tarde se enojó mucho cuando los periodistas no mencionaron que él conducía. La turbina y el tequila se robaron el espectáculo.”

Al deshuesadero…

La idea de Chrysler se fue disolviendo por dos razones: lo costoso que era su producción y las leyes de emisiones impuestas por la Agencia de Protección Ambiental. Al final, la fabricación del Turbine era complicada y costosa, construir la carrocería en Italia y ensamblar el motor en Detroit traía gastos operativos enormes, y pensar en una planta armadora requería de una gran inversión. Además, no podían asegurar que el automóvil cumpliera con la recién aprobada Ley de Aire Limpio sobre el control de las emisiones de NOX.

La única forma de salvar algunos fue donarlos a museos, y según George Stecher, miembro del equipo original del desarrollo del Turbine, quedan 9 en el mundo, y Chrysler aún tiene 3. El resto de ellos fue destruido.